De repente el sonido de unas pisadas le pusieron en alerta, sonaban lejanas casi en la salida del parque. El chico no frenó, ni siquiera se detuvo, solamente enderezó la cabeza un poco e intentó afinar su vista más allá de las últimas farolas del paseo, pero la mezcla de alcohol y miopía no era demasiado buena para esa tarea. En seguida se percató de que aquello, fuera lo que fuese subía a su encuentro a buen ritmo. Ahora estaba casi seguro de que ese sonido era más el de un animal que el de una persona. Debía ser algo enorme, cada vez estaba más cerca, esperaba verlo aparecer frente a él de un momento a otro, pero inesperadamente se hizo el silencio y todo cesó, el tiempo parecía haberse parado y un miedo atroz le sobrecogió. Tenía la sensación de que alguien le observaba tras la oscuridad, aguardando. Su cabeza le decía que salierá corriendo lo más lejos posible de allí pero sus piernas se paralizaron y un esclafrío le recorrió toda su espalda erizándole todo el vello de su piel.
- Hola, ¿cómo estás? - La voz de un alegre niño surgió desde la oscuridad.
La cara del chico se contrajó en una mueca pálida de terror y sus labios se apretaron como intentando frenar un temblor que le nacía del estomago.
¿Qué coño hacía un niño a esas horas en el parque? - Se preguntaba desconfiado sin encontrar ninguna respuesta tranquilizadora. Nada encajaba, el niño, el sonido, esas horas, pero sobretodo, ¿por qué se escondía? ¿Por qué no parecía nada asustado? Lo razonable era que el niño fuera el que estuviera acojonado y no él.
Se armó con todo el valor con el que podía contar en esos momentos y apenas pudo decir:
- ¿Estás bien? - Tartamudeó casi sin fuerza.
Nadie le contestó. Sabía de sobra que su voz había denotado todo su miedo y su temor.
El sonido de las pisadas se inició de nuevo, sin ninguna duda aquello era un animal. De improviso, por la derecha surgió un gigantesco caballo blanco sin ensillar montado por un niño desnudo de unos 8 años...
- Hola, ¿cómo estás? - La voz de un alegre niño surgió desde la oscuridad.
La cara del chico se contrajó en una mueca pálida de terror y sus labios se apretaron como intentando frenar un temblor que le nacía del estomago.
¿Qué coño hacía un niño a esas horas en el parque? - Se preguntaba desconfiado sin encontrar ninguna respuesta tranquilizadora. Nada encajaba, el niño, el sonido, esas horas, pero sobretodo, ¿por qué se escondía? ¿Por qué no parecía nada asustado? Lo razonable era que el niño fuera el que estuviera acojonado y no él.
Se armó con todo el valor con el que podía contar en esos momentos y apenas pudo decir:
- ¿Estás bien? - Tartamudeó casi sin fuerza.
Nadie le contestó. Sabía de sobra que su voz había denotado todo su miedo y su temor.
El sonido de las pisadas se inició de nuevo, sin ninguna duda aquello era un animal. De improviso, por la derecha surgió un gigantesco caballo blanco sin ensillar montado por un niño desnudo de unos 8 años...

